IDENTIDAD BAUTISTA:

TRADICIÓN Y RENOVACIÓN A LA LUZ

DE LA PALABRA

Conferencia Regional de la CBM, 29 de enero de 2011

Por Julio Díaz Piñeiro

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INTRODUCCIÓN

Deseo comenzar mi exposición agradeciendo la invitación de la junta directiva de la CBM a pronunciar esta conferencia en el marco de nuestra Conferencia Regional de iglesias, una conferencia que lleva como título: “Identidad bautista: tradición y renovación a la luz de la Palabra”. ¿Identidad bautista? ¿Por qué hablar de identidad bautista, cuando ya han transcurrido 400 años desde el nacimiento de esta denominación cristiana? ¿Acaso no sabemos los bautistas quiénes somos y qué creemos? Hay varias razones, en mi opinión, por las que resulta pertinente traer este tema a nuestra reunión anual de iglesias:

  • La necesidad individual y colectiva de tener un entendimiento bíblico y teológico de nuestras señas de identidad
  • El impacto que determinadas corrientes teológicas de nueva generación están teniendo sobre la comunidad bautista, dando lugar a diferentes eclesiologías y expresiones en el ámbito bautista
  • La necesidad de establecer los límites que definen nuestra identidad
  • Discernir las formas en las que el Espíritu Santo está trabajando en nuestras comunidades, considerándolas a la luz de las Escrituras, la tradición cristiana, la razón, la experiencia y la cultura en la que se producen.

El Diccionario de la RAE define identidad como el “conjunto de caracteres o circunstancias que hacen que alguien o algo sea reconocido, sin posibilidad de confusión con otro”. ¿Cuáles serían, entonces, las características distintivas que dan fe de la identidad bautista? Los más de sesenta teólogos/as y líderes bautistas de todos los continentes, reunidos en Elstal, Alemania, los días 21 al 24 de junio de 2007, en el Simposio de la Alianza Bautista Mundial sobre Identidad Bautista y Eclesiología, coincidieron en que nuestros principios denominacionales son los que hacen posible que seamos reconocidos como lo que somos. Los asistentes al Simposio coincidieron también en que el respeto a los principios bautistas por parte de los que se identifican como tales es necesario para el mantenimiento de la unidad en el seno de esta tradición cristiana. Pero nos encontramos con una dificultad, y es que no existe una relación exhaustiva y definitiva de los principios bautistas, además de que la expresión, interpretación y aplicación de los mismos varía de acuerdo a las diferentes culturas, contextos sociales y realidades políticas en las que hay presencia bautista, como también de acuerdo a los presupuestos teológicos que se apliquen en la interpretación de dichos principios, lo que se traduce, en la práctica, en la existencia de diferentes cuerpos bautistas. Dentro de esta diversidad de expresiones, hay un hecho que no podemos pasar por alto en lo que se refiere a nuestra situación particular, y es que los bautistas de España, reunidos en asamblea constitutiva en agosto de 1928 en Valencia, en lo que se conoce como la primera Convención de la Unión Evangélica Bautista de España (UEBE), optaron por una determinada forma de ser bautistas, aceptando una interpretación concreta de las doctrinas y principios que nos son propios y comprometiéndose a su aplicación en cada una de las congregaciones que componían la Unión de iglesias, sin que dicho acuerdo o pacto haya sido oficialmente modificado desde entonces, aunque nuestra realidad actual dice otra cosa.

PRINCIPIOS BAUTISTAS

¿Podemos hablar de principios comunes compartidos por los bautistas en todas las épocas y contextos? Walter Rauschenbusch (1861-1918), padre del llamado “evangelio social”, escribió en los primeros años del siglo XX un pequeño tratado, intitulado ¿Por qué soy bautista?, en el que expone los motivos por los que llegó a ser bautista, siendo él de tradición luterana, un tratado que recoge nuestras principales señas de identidad:

  • Énfasis en la experiencia personal de conversión a Jesucristo. Los bautistas enfatizamos la necesidad de una genuina experiencia religiosa, cuya base está en una relación personal con Jesucristo.
  • Organización democrática de las iglesias. Se espera de las congregaciones bautistas que encarnen el espíritu cristiano en el método de su organización y que ofrezcan a sus miembros oportunidades de vivir una verdadera vida cristiana en comunión con otros. En ellas las personas, bajo la dirección del Espíritu Santo, toman las decisiones relativas al funcionamiento de las respectivas congregaciones.
  • Simplicidad y espiritualidad del culto. “El culto bautista”, escribió Rauschenbusch, “procura eliminar, tanto como sea posible, todo deseo egoísta, toda superstición y toda idea falsa e indigna acerca de Dios. Procura purificar el concepto de la vida cristiana, mediante la educación de la naturaleza moral; dotar a la voluntad de firmes y constantes impulsos hacia las buenas obras; y crear y mantener en los creyentes hábitos de reverencia y adoración”.
  • No hay otra norma de fe y práctica que la Biblia. Para los bautistas, la Biblia es la única autoridad con respecto a la fe y la práctica.

En septiembre de 1992, el Concilio de la Federación Bautista Europea, reunido en High, Inglaterra, aprobó y recomendó a las iglesias y convenciones miembro de la Federación, a propuesta de la Comisión de Teología y Educación de la FBE, un documento que recoge los principios bautistas comunes en el contexto europeo, de los que a continuación ofrecemos una síntesis:

Preámbulo

Los bautistas formamos parte de una corriente continua de verdad y devoción cristianas que fluye desde los tiempos bíblicos. Sin embargo, trazamos el origen más inmediato de nuestras congregaciones hasta el período de la Reforma protestante en Europa, y somos deudores a la recuperación en el siglo XVI del principio de la “justificación por la gracia de Dios por medio de la sola fe”.

Al sostener la fe en el Dios trino, los bautistas compartimos doctrinas básicas con otras tradiciones cristianas, como:

  • La obra de Dios como Creador
  • La naturaleza caída de los seres humanos
  • Las perfectas humanidad y deidad de Jesucristo, que es Dios manifestado en una persona humana
  • La redención por medio de la vida, muerte expiatoria y resurrección de Cristo
  • La transformación de la vida personal y social por el poder del Espíritu Santo
  • El cumplimiento final de los propósitos de Dios

Declaración de Principios

  • Afirmamos que Cristo está en medio de Su Iglesia como su Señor. Como cabeza de la Iglesia, la capacita y equipa para una misión y ministerio integral, y garantiza su libertad.
  • Reconocemos que somos parte de la Iglesia Cristiana mundial, y confesamos la fe en un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.
  • Afirmamos la necesidad de la fe personal en Jesucristo, que debe conducir a un discipulado radical que refleje el modo de vida de Jesucristo
  • Afirmamos que nuestra autoridad final en materia de fe y práctica es Jesucristo, tal como se revela en las Escrituras y entre su pueblo por medio del Espíritu Santo
  • Reconocemos las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamentos como la autoridad primaria para conocer la revelación de Dios en Jesucristo
  • Consideramos que la iglesia es una comunidad de creyentes que comparten la mesa del Señor
  • Afirmamos que la iglesia local es una iglesia completa, pero no la Iglesia completa. Nuestras iglesias locales, así como nuestras convenciones y uniones, participan de la única Iglesia que Dios ha fundado, mientras anticipamos la completa manifestación de los hijos de Dios
  • Practicamos el bautismo, sólo para creyentes, en el cuerpo de Cristo
  • Afirmamos la libertad y la responsabilidad de cada congregación local de descubrir el propósito de Cristo para su propia vida y obra
  • Afirmamos el sacerdocio de todos los creyentes, en el que todos los miembros de la iglesia son llamados al ministerio, así como reconocemos que Dios llama a determinadas personas a ejercer la dirección espiritual de las congregaciones
  • Creemos que el compromiso mutuo manifestado en el bautismo y la membresía en una iglesia local debe llevar a asociaciones más amplias entre iglesias, hasta donde sea posible.
  • Afirmamos la necesidad teológica y práctica de relacionarnos con iglesias hermanas para discernimiento y acción.
  • Creemos que todo discípulo de Jesucristo es llamado por Dios a testificar del señorío de Jesucristo, y que la Iglesia, como parte del Reino de Dios, debe participar en la misión total de Dios en el mundo.
  • Afirmamos la necesidad de preservar la libertad de conciencia, y por ello aceptamos las diferencias entre nosotros. Dentro de un compromiso común con Jesucristo y una identidad bautista más amplia, aceptamos diferencias de puntos de vista y diversidad en la práctica, siempre que no afecten a elementos esenciales de nuestra identidad
  • Abogamos por la separación de la Iglesia y el Estado, basados en el señorío único de Cristo y en el interés por la libertad religiosa.
  • Como cristianos, vivimos en la esperanza de la aparición de Cristo en gloria, y de la transformación de toda la creación.

DIFERENCIA ENTRE PRINCIPIOS Y DOCTRINAS

Llegados a este punto, es necesario aclarar que las doctrinas y los principios bautistas no están al mismo nivel de autoridad. Las doctrinas tienen su referencia inmediata en la Biblia, mientras que los principios la tienen en la doctrinas. Los bautistas creemos que nuestras doctrinas emanan de la Palabra de Dios, son coherentes con las enseñanzas de Jesús y de sus apóstoles, están avaladas por la experiencia de fe de generaciones de cristianos que nos han precedido y no son patrimonio exclusivo del pueblo bautista, sino de un significativo conjunto de cristianos que reconocen a Jesucristo como su Salvador y Señor, tienen en la Biblia su única fuente de autoridad y, bajo la dirección del Espíritu Santo, han llegado a las mismas conclusiones que nosotros. En su significado teológico, las doctrinas responden al esfuerzo humano de comprender y sistematizar la revelación de Dios, por lo que, como toda obra humana, tienen sus limitaciones, no son la última fuente de autoridad para los fieles y son susceptibles de revisión.

Los principios, por su parte, constituyen la interpretación y aplicación práctica de las doctrinas, estando condicionados por la tradición eclesiástica y denominacional, la razón, la experiencia personal y colectiva y el contexto ideológico y cultural en el que se aplican. La experiencia nos dice que las denominaciones cristianas han deducido diferentes principios de las mismas doctrinas, por lo que éstos no tienen carácter absoluto, y mucho menos infalible. Los principios están en estrecha relación con las doctrinas que los inspiran, pero su definición está sujeta a los avatares de la interpretación y contextualización en situaciones históricas concretas. El valor de los principios bautistas radica en su coherencia con respecto a las doctrinas de las que surgen, y en que definen el carácter espiritual, teológico y eclesiológico de denominación cristiana que los sostiene.

Los bautistas creemos que las doctrinas y principios que mantenemos se fundamentan en la tradición apostólica, pero fueron progresivamente abandonados en el transcurso de la historia eclesiástica, cuando el cristianismo dejó de significar una relación personal con Jesucristo para convertirse en cristiandad, una realidad socio-política sujeta al arbitrio de los gobernantes temporales. Fue la renovada fidelidad a estos principios lo que hizo surgir la denominación bautista en la Inglaterra del siglo XVII, cuando un grupo de puritanos separatistas y no conformistas con la iglesia establecida los rescató del olvido al que los habían relegado las tradiciones humanas, para ponerlos de nuevo en práctica, emulando lo que los anabaptistas habían hecho un siglo antes.

JUSTIFICACIÓN TEOLÓGICA DE LOS PRINCIPIOS BAUTISTAS

El análisis de las primeras Confesiones de Fe de los bautistas revela la importancia de la autoridad bíblica para este sector del cristianismo evangélico. Una breve confesión de fe en XX artículos, por John Smyth (1609), recoge la necesidad de basar toda afirmación o declaración de fe en la autoridad de la Biblia, principio que es defendido en posteriores confesiones bautistas, entre ellas La Confesión de Fe de Londres, de los bautistas particulares (1644), la Confesión Standard, de los bautistas generales (1660), la Confesión de Philadelphia (1742) y la Confesión de fe de New Hampshire (1833), en la que se inspiran la mayoría de las confesiones de fe bautistas modernas. Aunque los bautistas hemos hecho frecuentes confesiones de fe, éstas han sido expresión de nuestro entendimiento de las enseñanzas de las Sagradas Escrituras, sin que tengan carácter definitivo y autoritativo. La libertad de conciencia, junto con la guía del Espíritu Santo, han sido los principios conductores en el libre examen e interpretación de las Escrituras, tanto privada como comunitariamente.

Los bautistas, por otra parte, hemos denunciado el sistema sacramentalista de las obras meritorias, uniéndonos así a la protesta realizada por los reformadores protestantes, que defendieron la doctrina de la justificación por la fe y predicaron la necesidad de una regeneración espiritual personal. Sin embargo, éstos fallaron en la aplicación de esta doctrina, admitiendo en las iglesias a personas no regeneradas, al querer mantener una Iglesia nacional y el bautismo infantil, continuando un sistema eclesiástico que perpetúa los errores de una membresía no regenerada. Frente a este modelo de iglesia, defendemos una iglesia formada por personas regeneradas que se unen voluntariamente y que testifican de su fe y del pacto contraído con Dios y con su Iglesia por medio del bautismo de creyentes, que debe ser por inmersión, porque entendemos que así se recoge en las Sagradas Escrituras. En la defensa de este principio seguimos los pasos de los anabaptistas evangélicos del siglo XVI.

La Reforma protestante minó, asimismo, el sistema clerical de la Iglesia Católica Romana. Los reformadores protestantes afirmaron el sacerdocio de los creyentes en oposición al sacerdotalismo ordenado y jerárquico de la Iglesia de Roma. Para los bautistas, el gobierno congregacional es la lógica expresión de la doctrina del sacerdocio de los creyentes. A pesar de los inconvenientes que también tiene este sistema de gobierno, hemos enfatizado la autoridad de las iglesias locales en la toma de las decisiones que las afectan, salvaguardando el espíritu democrático en las congregaciones frente a toda forma de autoritarismo personal o grupal.

Los bautistas también hemos destacado por nuestra defensa del principio de libertad religiosa. Consideramos que este principio está basado en la Biblia y en la responsabilidad individual ante Dios. Tanto los anabaptistas, primero, como los bautistas después, hemos defendido el derecho de toda persona y grupo a creer y expresar su fe libremente, así como el derecho de la persona a creer o no creer. Consecuencia práctica del principio de libertad religiosa es el de la separación de la Iglesia y el Estado. Los bautistas hemos luchado por que el Estado no interfiera en la vida y práctica de las iglesias y, en consonancia con éste principio, no reclamamos –o no deberíamos reclamar- apoyo financiero del Estado para nuestras iglesias, entendiendo que los miembros de la iglesia son quienes deben sostener responsablemente a las mismas. El principio de libertad religiosa implica no conformarnos con la mera tolerancia religiosa, porque ésta sería, en definitiva, una dádiva de los legisladores, una deferencia política. De ahí nuestro énfasis en la libertad religiosa, simplemente.

El concepto de iglesia en la tradición bautista es común al de otras iglesias libres, y se expresa en la frase de Rauschenbusch: “La iglesia no es un fin en sí misma, sino un medio para conseguir estos fines: crear y fomentar la vida religiosa de los individuos y establecer el reino de Dios entre los hombres”. Para los bautistas, la iglesia sustenta su autoridad en Cristo, que habla a través de las Escrituras, y muestra su esencia y razón de ser en la identidad cristiana de sus componentes, y no en el método de su organización o en lo ininterrumpida que haya podido ser su trayectoria histórica. Es, por esta causa, congregatio fidelium, compuesta por aquellos que se han incorporado a ella a partir de una opción personal, mediante el arrepentimiento de sus pecados, la fe en Jesucristo y el bautismo en señal de obediencia y compromiso con el Señor. Creemos, asimismo, que Dios transmite sus propósitos y visión a todos y cada uno de los creyentes que forman la comunidad cristiana cuando éstos están en la actitud espiritual y disposición de recibirlos, de forma que éste no es un privilegio de los líderes o de determinadas personas de la congregación, lo que conllevaría un sistema de revelación vertical que se opone a la esencia de nuestra identidad.

IDENTIDAD BAUTISTA EN EL CONTEXTO ESPAÑOL: ENTRE LA AFIRMACIÓN Y LA RENOVACIÓN

En su teología y práctica, las iglesias bautistas de España se han nutrido de sus patrocinadores de la Convención Bautista del Sur de los EE.UU, principalmente, aunque también debamos nuestra herencia denominacional a los misioneros bautistas suecos e ingleses llegados a España a partir del tercer cuarto del siglo XIX. Por otra parte, no se pueden ignorar las influencias que nuestra teología ha recibido del contexto católico-romano donde nos encontramos, ni el impacto de las teologías importadas de terceros países, mayormente de América Latina, que acompañan los flujos migratorios con destino a España.

Sea por nuestra dependencia de modelos teológicos o eclesiológicos foráneos, o por el impacto que están produciendo teologías de nuevo cuño sobre nuestras congregaciones, necesitamos fortalecer nuestra identidad, lo que ineludiblemente pasa por la apertura de un espacio para la reflexión sobre el significado y actualidad de los principios bautistas en nuestro propio contexto, una asignatura pendiente casi ochenta y tres años después de la constitución de la Unión Evangélica Bautista Española en Valencia. Como aportación a esa reflexión, permitidme algunas propuestas encaminadas a la afirmación y, a la vez, renovación de nuestra identidad bautista:

  • Afirmar nuestra lealtad denominacional. Los bautistas mantenemos que la libre adhesión a una iglesia o denominación conlleva un sentido de responsabilidad, de compromiso personal con los enunciados, objetivos y proyectos de aquella entidad de la que pasamos a formar parte. Como iglesias e individuos bautistas, necesitamos recuperar el sentido de adhesión a lo que somos y estamos haciendo, lo que supone conocer, valorar, respetar y aceptar positivamente nuestros principios denominacionales y compartir una tarea común con iglesias y personas afines. Conocer nuestra historia y a aquellos/as que la protagonizaron, preguntarnos acerca de sus motivaciones y convicciones, y acercarnos al origen bíblico y teológico de nuestras creencias, principios y prácticas es necesario a la hora de definir claramente y fortalecer nuestra identidad denominacional.
  • Por otra parte, la formulación de objetivos y programas claros y precisos, que surjan de la oración y la dependencia del Espíritu Santo y no de actitudes personalistas, consensuados y asumidos por las iglesias, y gestionados administrativa y financieramente con eficacia y transparencia, pueden ayudarnos a aglutinar nuestros esfuerzos y recursos en una tarea común.
  • Priorizar la espiritualidad y la consagración a Dios en nuestras iglesias y estructuras. Nuestras iglesias están creciendo numéricamente gracias, en buena medida, al fenómeno de la inmigración, pero la vida espiritual languidece en muchos de nuestros miembros y congregaciones. Actitudes y costumbres mundanas, relajamiento moral, enfrentamientos personales, divisiones y mezquindades varias salpican nuestra existencia, empañando nuestro testimonio cristiano y restando eficacia y credibilidad a nuestra tarea común como bautistas. Hemos de preguntarnos si tales situaciones son, en cierto modo, resultado de una filosofía eclesial y denominacional centrada más en la productividad y en los resultados de nuestros proyectos que en el cuidado de la vida espiritual en nuestras iglesias y miembros.
  • Priorizar la evangelización en nuestras congregaciones. Nuestra realidad es que, salvo honrosas excepciones, nuestras iglesias no conceden un lugar prioritario a la evangelización en sus programas de trabajo, y en aquellas iglesias donde sí tiene lugar, ésta se deja generalmente al cuidado de los pastores o de las personas que manifiestan tener vocación y aptitudes para la evangelización. El resultado de esta actitud son iglesias con un crecimiento puramente vegetativo –cuando no un decrecimiento paulatino- y un escaso impacto testimonial en sus respectivos contextos sociales, ignorando que nuestra prioridad debe continuar siendo alcanzar a nuestro pueblo para Cristo. Los bautistas debemos recuperar una evangelización consistente en palabras y hechos del mensaje cristiano. La variedad de culturas, estamentos sociales, generaciones y circunstancias en las que hemos de testificar de Jesucristo exige variedad y creatividad en nuestro testimonio cristiano. Por otra parte, la proclamación de la comunidad de fe exige respeto al carácter de Dios, al propio contenido del evangelio y a la dignidad humana de nuestros oyentes. Que nunca se diga de nosotros que somos comunidades religiosas que viven en el presente, pero sin suficiente poder espiritual para dar a luz otra generación de cristianos.
  • La instrucción en la identidad bautista necesita ser potenciada en nuestras iglesias. La incorporación masiva a nuestras iglesias de personas procedentes de otras denominaciones no bautistas es un auténtico desafío a nuestra identidad. Algunas iglesias tienen programas de formación en las doctrinas y principios que nos caracterizan, pero otras no, con el riesgo de convertirse en congregaciones donde su identificación formal como bautistas a duras penas puede disimular la diversidad doctrinal que existe en su seno.
  • La formación bíblica o doctrinal, o el discipulado, por otra parte, se limita en no pocas congregaciones a los servicios dominicales o a la Escuela Dominical, se mantiene de forma continuada en niveles elementales, o se enfoca en la instrucción básica de las personas que se incorporan a las iglesias procedentes de otros contextos, lo que no satisface las expectativas de crecimiento de muchos creyentes veteranos, que terminan por abandonar nuestras iglesias en busca de otras congregaciones donde se les den claras oportunidades de crecimiento espiritual. Un dato a tener en cuenta es que el porcentaje de membresía autóctona está descendiendo en congregaciones situadas en ciudades como Madrid, tanto como resultado de deserciones o traslados de miembros antiguos a otras iglesias como del crecimiento de la membresía no autóctona. La famosa “puerta de atrás” de nuestras iglesias, repetidamente señalada como un problema endémico de nuestras congregaciones, sigue abierta y muchos están cruzando su umbral. Necesitamos fomentar el sentido adulto de la fe en los miembros de nuestras iglesias, lo que debe estar acompañado de la producción de materiales apropiados en sintonía con nuestro contexto, con nuestra confesión de fe y nuestros principios bautistas.
  • Trabajar por una teología bautista transformadora y ortopráctica que –y cito al Dr. Máximo García- sin renunciar a sus raíces históricas, y desde una sólida base bíblica, dialogue con la cultura y ejerza un papel crítico y profético en el ámbito eclesial y social. El teólogo luterano Paul Tillich insistía en la importancia de escuchar las preguntas que el ser humano se hace en su situación concreta y de contestarlas con el mensaje cristiano (método de correlación). La preocupación existencial del ser humano, dice Tillich, debe entrar en diálogo con la verdad del texto bíblico, que tiene respuesta para ésta. La cultura tiene un carácter religioso, y está en relación dialéctica (sí o no) con las suposiciones concretas del cristianismo.
  • Tomar conciencia de nuestras crisis, conflictos, desajustes, encuentros y desencuentros, deseos de superación y servicio positivo. Todo esto conducirá a una reflexión sobre nuestro quehacer para potenciarlo y corregirlo.
  • Mantener un permanente sentido de renovación:
    • Permaneciendo firmemente arraigados en la revelación recibida: “Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste, en la fe y amor que es en Cristo Jesús. Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que mora en nosotros” (2 Ti. 1:13-14).
    • Manteniéndonos abiertos al mundo en el que vivimos: sus necesidades, sus corrientes, su pulso, su destino. La iglesia tiene que mirar hacia fuera, procurando demostrar una actitud de apertura, solidaridad y servicio hacia los demás
    • Buscando la plenitud del Espíritu Santo, autor de la verdadera renovación que necesitamos.

CONCLUSIÓN

Los bautistas necesitamos someter permanentemente nuestras señas de identidad al criterio de las Escrituras, y no descansar en la eficacia de nuestra organización o en lo ininterrumpida que haya podido ser nuestra trayectoria histórica. Nueva luz de las Escrituras que ilumine nuestro caminar debe surgir por el poder del Espíritu Santo en ésta y cada generación de bautistas, como también debemos permitir, en coherencia con nuestra tradición histórica y herencia teológica, que nuestra interpretación de las Escrituras sea iluminada por la interpretación de la amplia comunidad cristiana, aun teniendo el derecho final de discernir por nosotros mismos lo que Dios está diciéndonos por medio de la Palabra y el Espíritu.

BIBLIOGRAFÍA

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Rodríguez Sánchez, Jesús. Encuentros pastorales con la muerte. Caguas, Puerto Rico: Tamarind Hill Press, 2006